Así habló Zaratustra

Un ateo escribiendo en estilo bíblico para que lo lean más ateos.
Normalidad, igualdad y equidad en la discapacidad
Hablar del problema de la discapacidad es siempre complejo. Usualmente, se dan por hecho muchos detalles que no son nada excepto lugares comunes que el discurso ordinario se ha empeñado en tachar como concluidos, cuando en realidad el tema está plagado de términos relativos o ambiguos que deberían ser abordados en pro de una discusión más integral y menos socavada de la discapacidad.
El “detalle” más evidente es la nomenclatura. Pocos sectores sociales han llevado más nombres que este: desde los más despectivos como locos, idiotas, tontos o incapacitados; hasta los más “políticamente correctos” como personas especiales, con capacidades diferentes o simplemente personas discapacitadas. Estas etiquetas han surgido a partir de la diferencia: se piensa que los discapacitados, al no tener un desarrollo motor o intelectual normal son personas con menos capacidades que las personas normales; pero esta forma de pensar la discapacidad da por hecho que todo el mundo sabe perfectamente lo que es una persona normal, lo que no es tan fácil si lo pensamos con detenimiento.
¿Cuál es la destreza normal? ¿Quién es el parámetro para medir a todos los seres humanos en cuanto a agilidad mental? ¿Qué medida de fuerza o destreza es la que necesitamos tener para ser normales? Estas preguntas que podrían sonar absurdas hacen ver que el consenso en este tema no es tan sencillo como parece. Algunos argumentarán que las medidas de normalidad podrían responder a zonas geográficas de acuerdo con el promedio, y seguramente este argumento pueda convencer a algunas personas; sin embargo, me inclino a decir que si se llevara a cabo, los resultados de aquel experimento serían muchas más personas discapacitadas por el protocolo que por alguna dificultad física o intelectual perceptible.
En realidad nadie es normal. La normalidad es un mito para dar la ilusión de una estadística totalizante y más amable; es un parámetro dado por hecho para poder medir de manera más “objetiva”, lo que de alguna manera tiene ventajas, pero en este caso, en pro de la normalidad, asumimos que los estándares tienen límites perfectamente definidos y aquí están las consecuencias.
Como sabemos qué es una persona normal, asumimos que cualquiera que no esté en este parámetro es anormal o discapacitado. Lo más “natural” en estos casos es tratar de hacer que las personas anormales puedan llevar una vida normal. Pero ¿qué implicaciones tiene esto? En el caso de la discapacidad, significan cirugías muy agresivas al momento del nacimiento, uniones biológicas y electrónicas en un afán por suplir conexiones nerviosas, terapias intensivas exhaustivas, etc. Y con esto no quiero decir que esté en contra de estos procedimientos (aunque habría que ver cada caso); simplemente creo que no todo el tiempo son la mejor decisión.
Se haga o no una intervención al nacimiento para normalizar al anormal, ese es sólo el principio para tratar de incluirlo a la sociedad de la que nunca debió de haber salido (como si fuera posible no pertenecer a la sociedad). Una vez pasados sus primeros años de vida, existen muchas otras formas de reintegración, como lo es la llamada inclusión social. Por tratar de incluir a las personas con capacidades diferentes, muchas escuelas para discapacitados fueron abolidas y sus estudiantes fueron incluidos en el sistema de educación normal en un esfuerzo por borrar la línea que divide y segrega a las personas en cada uno de los lados.
Casi sin excepción, el movimiento fue un desastre. Las escuelas no contaban con las condiciones básicas necesarias para el acceso a todos los tipos de estudiantes, los padres de familia exigían que su hijo estudiara con niños normales argumentando que los idiotas sólo lo atrasarían, etc. La inclusión en este caso, como lo señala María Moliner en su Diccionario de uso del español, es una “cosa incluida o encerrada entre otras o dentro de otra”; es decir, la inclusión en este caso es también un encierro.
Al incluir a las personas discapacitadas dentro de los espacios de las personas “normales” se cree que estamos haciendo un bien y borramos así la línea que separa y discrimina. Esto es un error, pues de esta manera sólo jugamos a que todos somos iguales cuando ni siquiera entre los que llamamos normales podemos hablar de igualdad. Lo que hay que pensar en este punto es que, en efecto, las personas no somos las mismas, pero eso no tiene que ver con discapacidades físicas o intelectuales, sino con naturaleza humana. No importa qué tan normales seamos, nunca tendremos las mismas condiciones de desarrollo o desenvolvimiento que otra persona.
Esto que digo no tiene porque ser visto con malos ojos. No hay por qué temerle a la diferencia, no hay por qué sentirnos discriminados ni discriminar por ser distintos, sino asumir nuestra diferencia independientemente de nuestras capacidades. Desde luego, esto quiere decir que no somos iguales, pero no hay que pensar la igualdad como algo bueno per se, ya que no es lo mismo igualdad que equidad. Con esto quiero referirme a que la igualdad está muy lejos de la realidad. Ya lo dijo Geroge Orwell en Revolución en la granja: “todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros”.
Y si no hay igualdad ¿entonces qué queda? Desde mi punto de vista, la igualdad es imposible porque en todos los sentidos somos diferentes; pero esto no quiere decir que tengamos que adoptar una ideología clasista o racista, no; sino que, desde nuestra diferencia, podemos tratarnos desigualmente pero con equidad.
María Moliner, en el Diccionario de uso del español, añade una definición más a las cinco que tiene el diccionario de la Real Academia Española y nos dice que equidad significa “cualidad de un trato en que ninguna de las partes sale injustamente mejorada en perjuicio de otra”; es decir, “hay unos más iguales que otros”, pero eso no significa que no merezcamos un trato equitativo.
Aceptar que somos distintos no por nuestras capacidades o discapacidades, sino simplemente por naturaleza humana, nos tendría que hacer pensar en la multiplicidad de los sujetos; tendría que forzarnos a mirarnos con respeto en vez de tolerancia; tendría que invitarnos a no ver a las personas con alguna dificultad física o mental con desprecio ni lástima, sino como un otro con más o menos habilidades en alguno de los muchos ámbitos de desarrollo humano, ya sea físico, intelectual o artístico, lo que paulatinamente nos llevaría a entender que la discapacidad en realidad no existe, sino que ocurre cuando hay barreras simbólicas, sociales o físicas construidas, impuestas y mantenidas por nosotros mismos y nuestra sociedad.
Hack: Conexión de google talk a pidgin
Como todas las cosas que he aprendido, todo empezó por la necesidad. Usando pidgin me di cuenta que me podía conectar desde mi trabajo a messenger pero no a google talk, así que me di a la tarea de saber por qué y de cómo evadir esta desgracia.
Lo primero que descubrí es que no me podía conectar con las opciones usuales porque mi compañía me redirige de google.talk.com a otro servidor que lo usurpa donde puede espiar todo lo que escribo mientras yo vivo en la ilusión de que es una conexión segura gracias al SSL (no es tan espantoso como parece, seguramente tu compañía hace lo mismo). Lo bueno es que pidgin se da cuenta de esto y se rehúsa a conectarse al considerar esta treta como no segura. Y como las bardas son para brincarse, las reglas son para romperse o cualquier metáfora que quieras insertar aquí, les comparto cómo darle vuelta a esto con tres simples pasos:
- Abre las opciones de pidgin para conectarse a gtalk y ve a las opciones avanzadas.
- Cambia la pestaña de seguridad a “Utilizar SSL antiguo” y cambia el puerto de conexión a 443.
- Lo más importante: en “Conectar con el servidor” escribe la dirección ip en lugar de la dirección talk.google.com. Para saber la ip busca un servicio en línea de nslookup y mete talk.google.com o desde la consola de Linux escribe ping talk.google.com; de esa manera darás con la ip.
Eso es todo. Si sólo quieres conectarte es suficiente con esto. Si quieres saber más de qué pasa en el fondo sigue leyendo.
Cuando quieres conectarte a talk.google.com el servidor verifica la conexión cifrada y te manda a gmail.com, pero como en vez de conectarte a talk.google.com te estás conectando a otro servidor, pidgin se queda eternamente en gmail.com conectándose sin lograrlo nunca.
Al cambiar de puerto y forzar el uso del servidor de talk.google.com (con su dirección ip) evadimos la redirección al servidor espía y creamos una conexión segura (en teoría al menos).
Si quieres saber el nombre del servidor espía haz lo siguiente. En windows no tengo idea, pero no debe ser muy diferente del método de Linux:
Abre una terminal y escribe nslookup talk.google.com
Debe salir algo así:
Server: w.x.y.z.
Address: w.x.y.z#53
Non-authoritative answer:
talk.google.com canonical name = talk.l.google.com.
Name: talk.l.google.com
Address: 74.125.134.125
La Non-authoritative answer es el servidor verdadero y el servidor w.x.y.z es el impostor. Ahora, escribe en la terminal nslookup w.x.y.z y sabrás el nombre del servidor al que te redirecciona tu compañía (seguramente sus siglas están en el nombre).
Bueno, eso es todo. Como siempre, estoy al pendiente de los comentarios.










